Mi creencia en el amor eterno me ayudó a separarme en paz

 

 

Ante todo, muchas gracias a Cocina Sapiens por darme la oportunidad de compartir mi experiencia, porque de esto se trata este post: de mi vivencia personal, nada más, y no pretende ser un tratado sobre cómo separarse de manera amistosa.

Soy Laura y hace dos años que con David, el papá de mis hijos, decidimos separarnos como pareja, después de 12 años de convivencia. Tenemos dos hijos preciosísimos.

 

No voy a contar los detalles del matrimonio ni de la separación, porque no creo que sean relevantes. Cada pareja se une y se disuelve por motivos bien distintos. Algunos son aparentes, otros son más íntimos e intrincados y, por último, están esos detalles misteriosos, cuyo destino es el de ser iluminados solo cuando llegue el momento.

Dicho esto, les desvelo el gran secreto que me hizo vivir la separación como lo hice: yo creo en el amor eterno.

El amor es uno solo y es de una. No se lo lleva nadie y solo se termina si se decide cerrar el manantial del que fluye, algo que es casi imposible, dada la fuerza de su emanación. Eso, para mí, es el amor. Es una manera de vivir y de relacionarse desde ese lugar en el que todas las experiencias son abrazadas y aceptadas por igual.

Las que sí se transforman son las relaciones entre las personas. Y elijo la palabra “transforman” porque no creo que se terminen… al menos no necesariamente. Yo me casé con David para honrar lo que el corazón, las circunstancias y mi evolución me pedían en ese momento. No me casé para crear una pareja que durara hasta el día de mi muerte, o de su muerte, o de nuestra muerte conjunta en alguna catástrofe.

Sin embargo, el día en el que decidimos convertirnos en padres, también decidimos que los dos íbamos a ser familia, ahora sí, por el resto de nuestras vidas.

 

Después de algunos maremotos (una separación nunca es una decisión fácil, especialmente en situaciones donde el único apoyo que se tiene es el de la familia nuclear), un día finalmente respiramos hondo y aceptamos que nuestro crecimiento personal no estaba en armonía con el estado de la relación. Decidimos, así, armar las valijas para emprender el próximo viaje: la disolución de nuestra pareja.

Por supuesto que hubo miedo y confusión, pero ahora que lo miro a la distancia me queda claro que, como pasa casi siempre, la mayoría de los cucos eran inventados o estaban sobredimensionados. El mayor temor, claro está, era cómo lo iban a tomar los nenes. Hablamos con ellos una noche los dos y su respuesta fue tranquila. Su mayor preocupación era saber en qué iba a cambiar su vida… Les dijimos que no mucho, solo que papi iba a vivir en otra casa, a diez minutos de la que hasta entonces todos compartíamos.

Y cumplimos. Hoy los dos vemos a los nenes casi todos los días, pasamos muchos momentos en familia los cuatro, la crianza es cien por ciento compartida y hasta viajamos juntos. Ya no convivimos los cuatro en la misma casa, pero, como somos viajeros, sí procuramos estar en el mismo lugar del mundo al mismo tiempo. Y claro que el espacio emocional para que los chicos hablen con nosotros sobre lo que sienten, con respecto a nuestra separación o a cualquier otra cosa, está siempre disponible.

Como en toda relación humana, David y yo tenemos nuestros oleajes, pero para mí era tan ridículo pensar en tener una relación mala o distante con él solo por el hecho de estar separados, como lo sería creer que porque mis hijos crezcan y se vayan de casa yo voy a dejar de considerarlos parte de mi familia o voy a empezar a llevarme “mal” con ellos.  Más allá del estatus de nuestra relación, aprecio mucho la presencia de David en mi vida, y no solo como el excelente padre que es.

Creo que otro factor que influyó en nuestra relación es que tomamos la decisión de separarnos en el momento justo. No esperamos a que la situación explotara: a que uno u otro tuviera un amante (situación que no estaba dentro de nuestro acuerdo de pareja), ni tampoco buscamos distracciones (cambiar de casa, de ciudad, traer otro hijo al mundo…). No extendimos en el tiempo una situación que los dos sabíamos (porque, no nos engañemos, una siempre sabe) que era inevitable.

Vivimos en una cultura que escapa de la muerte y de las pequeñas muertes. Siempre hay que hacer todo lo posible por sobrevivir un mes, un año más, a costa de lo que sea. Y siento que esto se extiende al tema de las parejas, especialmente de las parejas con hijos. Muchas veces estamos tan apegados a la idea de mantener un matrimonio para toda la vida, que dejamos todo en el camino, hasta nuestros deseos y valores más profundos. Pero como dice la famosa canción: “Permanecer y transcurrir no es honrar la vida”.

Mi consejo es que nos preguntemos: “¿y todo por qué?” Creo que todas las respuestas (“por los hijos”, “para no romper la familia”), se disuelven si partimos de la base de que se puede continuar cultivando un vínculo familiar y amistoso  luego de la disolución de la pareja.

Vinimos a este mundo a aprender, y una de las primeras lecciones que yo aprendí es que casi todo en esta vida tiene un principio y un final. Todo, menos el amor. Así que yo decido actuar y vivir desde el amor, disfrutando cada momento y evitando el melodrama y el sufrimiento (que no es lo mismo que evitar el dolor). Creo que no hay mejor modelo que les pueda ofrecer hoy a mis hijos.

A David y a mí nos deseo que seamos siempre muy felices y que podamos encontrar otros espíritus libres como compañeros, seres con quienes compartir nuestras preciosas almas y seguir andando el camino de la vida con alegría, con inspiración y con amor. <3

Hogar, dulce hogar

 

 

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¡Hola mi gente linda, estoy de vuelta!, llego renovada, ¿qué digo renovada?, renovadísima luego de este maravilloso viaje desde EEUU hasta Costa Rica. Hoy les escribo desde mi nuevo hogar, bien en la soledad y majestuosidad de la selva.

Y desde mi nueva casita, llena de entusiasmo, ya me he metido en la cocina y pronto, muy prontito, estaré compartiendo con todos ustedes, recetas saludables, estilos de vidas, consejitos, reportajes y muchísimo más.

¡Abrazos fuertes, fuertes!.